Almas compañeras de viaje.

En tiempos imprecisos, lo que para los humanos significarían años, dos almas hicieron un acuerdo. El acuerdo sería encontrarse en esta vida, para ayudarse mutuamente a avanzar, ambos podrían servir a través de la sanación y se ayudarían a sacar lo mejor de sí, venciendo sus propios temores y limitaciones. Ese encuentro se planificó para que tuviese momentos de mucha dicha, de mucha pasión, de ternura, de sonrisas y de compañía. También no estaría exento de otros; que serían de desafío, luchar contra las ideologías personales, a sus miedos, inseguridades, a su indecisión e impaciencia, propios de sus experiencias y desilusiones personales y del niño interior herido. Al llegar a este lugar, con el avance de los años, cada uno mirando al cielo realizó una petición. Uno con el corazón destrozado luego de haber amado y con lágrimas en sus ojos, dijo: Señor envíame a mí compañera, una que me ame desde el alma, que pueda reconocer la pureza de mi corazón y me acompañe en mi misión. Ella después de muchas desilusiones y tristezas,  pidió encontrar al hombre que la acompañara en esta vida, pidió un hombre con un alma pura, que fuera fuerte, pero que pudiera ser dulce a la vez, que tuviera nobleza y que con sus manos, unidas a su alma pudiera estar al servicio del amor.
Un día ambos se reencontraron. Tenían sus almas llenas de desilusiones. Ella lo reconoció al decir “Busco a alguien que me complemente” y como si esa frase hubiese estado impregnada en su interior, lo recordó. Y así el destino quiso que desde ese primer momento no se separaran, y en un abrazo se perdieron, en un beso se reencontraron y cuando fusionaron sus cuerpos, sus almas se encendieron. El tiempo siguió su curso, ambos se fueron entregando a pesar del miedo. Los días tenían un brillo especial, el estar juntos los fortalecía y los hacia disfrutar de la felicidad de vivir. Y siguieron pasando los días y comenzaron los desafíos, había que crecer y avanzar. Ese crecimiento era desde el interior y supondría renunciar. Renunciar a quizás estar juntos, a tener diferencias de opinión y a sanar heridas por separado. Ambos en esas ausencias fueron avanzando y fortaleciendo su interior. Cada uno extrañaba al otro. La dulzura del amor tomaba algunos sabores amargos, y esas sensaciones quedaron en el interior. Sin embargo decidieron arriesgarse y volver a intentarlo. Volvieron a sentir la fuerza del amor y de la pasión, sintiendo como si el tiempo no los hubiese separado nunca. Y así siguieron encuentros y desencuentros. Algunos tan largos que parecían no tener una vuelta, y donde ambos intentaron reconocer el amor nuevamente. Y vinieron nuevamente las emociones, el sentir la revolución de la novedad de conocer a otro. Ambos no encontraron la conexión ni la profundidad de reconocer su alma. Nuevamente vacío, nuevamente dolor. Y ese dolor los hizo reencontrarse, quizás como muchos otros que ambos enfrentaron juntos y que pese a la dificultad que representaba, ambos teniéndose el uno al otro, lograban minorizar. Y los días siguieron y ambos fueron reconociendo su verdadero ser. Recordaron a qué vinieron a este lugar y empezaron a encontrar su equilibrio interior. Ambos hablaban un lenguaje parecido y pudieron aprender a comunicarse muchas veces sin palabras. Los días volvieron a su placidez y se sentía el dulzor de la compañía y de lo que significaba estar juntos. Y volvieron los días grises, y volvieron las viejas heridas. Y no lograron escucharse. Nuevamente no pudieron vencer el desafío. Y ambos niños heridos se alejaron. Muchas noches mirando las estrellas se preguntaron cómo estaba el otro. Y cada noche estuvieron en sus oraciones y en las peticiones del otro, porque el amor, ese amor que desea lo mejor para el otro, seguía. Y nuevamente se encontraron y ella extrañaba tanto oír su voz y sentir sus abrazos y el extrañaba sus caricias y ver sus ojos. Y se reencontraron nuevamente y ambos sonrieron como aquella primera vez que se reencontraron. Y se llevaron el corazón en paz al haber podido sentir nuevamente su piel y fundirse en un abrazo.

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